Región|Personas con vocación [Reportaje]

“Esto es para Dios”. Es la oración que repite una y otra vez la señora Ana Romero Corinaldesi, mejor conocida como Lolita, quien, durante los últimos quince años, ha dedicado su vida a la fundación Me Diste de Comer.

“Chico, ayuda”, le dijo la señora Lolita a su marido, en el año 99, cuando una señora feligresa hizo una solicitud a la comunidad para arreglar los bancos de la iglesia La Sagrada Familia, sin tener la más mínima idea de lo que esa frase traería consigo. En un principio su esposo no quería ayudar, pero terminó por ser convencido y abrió las puertas de su casa para que la reunión se diera. Entre conversación y conversación, ese mismo día, mientras terminaban de aproximar el precio de lo que costarían los bancos y decidir cuánto debían pedirles a las familias, la señora les comentó que se dedicaba a atender niños del barrio Guayana, ya que sus madres salían a trabajar y los dejaban solos, sin comer.

Su esposo, Carlos Corinaldesi, se entusiasmó con la idea de la señora y empezó a buscar maneras para ayudar a estos niños. Días después, él y su esposa se reunieron con el padre de la parroquia, Clive Mendoza, quien estuvo de acuerdo. De hecho, según la señora Lolita, le gustó mucho la idea. El padre les dijo que para iniciar con el proyecto, deberían planteárselo al consejo parroquial, y así fue.

Hicieron una reunión con el consejo, de la cual solo salieron peros. No estuvieron de acuerdo excusándose con razones como que no había dinero para cuidar de los niños, qué de dónde lo iban a sacar, que en dónde los iban a cuidar y otra cantidad de peros que terminaron con la paciencia del señor Carlos, quien terminó diciéndole al padre que no iba a contar con el apoyo de ellos, porque eran gente a la que no le gustaba hacer nada más que darse golpes de pecho.

El padre, al ver el entusiasmo de la pareja, terminó diciendo “tranquilos, ustedes hagan lo que van a hacer y yo los apoyo”.

El génesis

Un 14 de agosto del 1999 comenzó la fundación. Con solo 10 niños, gente de la iglesia que se pasaba a colaborar y vecinas catequistas que iban a cocinar alimentos que ellos mismos conseguían. Así continuó, hasta que se dieron cuenta de que estaban mal acostumbrando a las madres haciendo su trabajo y decidieron involucrarlas en ello. En primer lugar, porque era su responsabilidad y segundo lugar, porque al ser niños que se criaron solos, no tenían la conducta más apropiada, y ellos, como fundación no eran los adecuados para llamarles la atención.

Luego de esto, se crearon las normas para formar legalmente, mediante un acta constitutiva, la fundación.

No fue poco a poco, fue un boom. Ya para diciembre, solo cuatro meses después, tenían 100 niños en la fundación y a todos se les brindaba no solo alimentos, sino educación apropiada teniendo como base los valores.

Habían muchas personas, y a cada quien se le asignaba su ocupación. Llegaron incluso a tener un consultorio médico con especialistas de diferentes partes, pero ellos, como todos, poco a poco terminaron yéndose.

Lo que el colegio bolivariano se llevó

Cuando empezó el nuevo gobierno, se crearon los colegios bolivarianos y con ellos venían los comedores escolares, que sin saberlo, terminaron llevándose gran parte de los niños que día a día ocupaban los pasillos, dejando solo doce  niños detrás.

El señor Carlos y la señora lolita consultaban con Dios si estaban haciendo algo mal y qué debían hacer, ya que era una situación que no se esperaban y algo que no sabían cómo resolver. Pero, según ellos siempre hallaban una respuesta en Dios y esa era “continuar”, cosa que hicieron.
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Un hogar para los sin hogar

Empezó a llegar gente de las calles, asomándose por las ventanas a pedir alimentos y medicinas, y fueron llenando el espacio que dejaron los niños. Sin embargo, eran tantos que molestaban a los vecinos con el desastre que formaban así que un 21 de diciembre de un año que la señora Lolita ya no recuerda, tomaron la decisión de construir un comedor, donde antes era el patio de juegos y poner dos baños y lavaderos, para que las personas que los visitaban tuvieran un lugar para bañarse y lavar su ropa.

La pareja, junto con la gente que iba a ayudarlos, estaban acostumbrados a celebrar los cumpleaños de los niños, pero al ya no tenerlos, decidieron, según cuenta la señora Lolita, como un regalo a Jesús, hacer una cena navideña digna de personas, para los indigentes, y decorar la casa con velas y adornos. Esa noche, ofrecieron desde pan de jamón hasta ensalada de gallina, pero, las personas a las que invitaron, no querían ir, más por pena que por otra cosa, así que el señor Carlos, se montó en su camioneta y se fue casa por casa a recoger a sus invitados. “se veía la presencia de Dios, algo muy hermoso”, expresa la señora lolita, muy emocional, cuando le preguntan sobre esa noche.

Luego de eso, se inició una construcción para recibir personas a la hora del almuerzo. Construcción que una vez terminada, empezó a recibir un máximo de 60 personas diarias. La señora Lolita dice, respaldada por las cocineras, que en ese lugar, esa casa de tres habitaciones y una sala que nunca le cierra las puertas a nadie, sucede casi a diario, el milagro de la multiplicación de los panes. Con mil bolívares logran comprar alimentos que a cualquiera le hubiera costado cinco mil y una vez este se agota, llega más gente, con más donaciones.

Situación presente

La situación económica actual del país es una gran traba, porque cuando no llegan donaciones, no pueden cerrar y decir que vuelven al día siguiente, esta no es su política ni su deseo. Deben seguir adelante y por ello, en innumerables ocasiones, la señora Lolita y el señor Carlos, han tenido que sacar de sus bolsillos para continuar con este generoso proyecto.

No ha sido fácil, de momento solo queda la ayuda permanente de tres madres de familia que están en el comedor desde las ocho de la mañana cocinando los almuerzos y de 20 padrinos que colaboran con dinero mensualmente. Y estas ayudar no solo son para satisfacer las necesidades de ese comedor principal, sino que tienen que repartir entre los que han ido abriendo en San Félix (uno en San José de Chirica y otro en brisas del sur) y los mercados que llevan los domingos a la zona de Cambalache.

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La señora Lolita reconoce que ella entregó todo a Dios y que ha tenido que enfrentarse, junto a su esposo, a todo y a todos, y allí están. Han tenido que enfrentarse hasta con su familia, que son sus hijos; porque cuando estaban jóvenes, no entendían por qué su madre prefería estar atendiendo a gente desconocida, que atendiéndolos a ellos y es hasta ahora, que ya son mayores y que están casados, que empiezan a entenderla. Ese trabajo no lo escogieron su esposo y ella, ese trabajo Dios lo escogió para ellos. Y a esas alturas, ellos ya consideran la fundación su vida y no conocen otra vida, más que esa vida.

 

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